Tras diez horas de viaje en nuestro tren cama llegamos a Lviv (antes mal escrito como Livo), eran las cinco de la mañana, y si, digo mañana porque del alba ya pasaba mas de una de hora.
Con un sol de justicia que empezaba a enseñarnos lo que supondría sufrirlo durante todo el día, nos arrastramos con nuestras maletas hasta un banco frente a la estación, donde desayunamos un poco batido y dos galletas, a esas horas poco mas apetece.
La ciudad ya a esas horas tenía una actividad sorprendente, de veras, las calles no solo estaban abiertas: el ir y venir de gente era constante, realizando muchos su trabajo de manera automatizada, como si el mecanismo comunista del trabajo por el trabajo siguiera vigente en su que hacer diario, en un estado de apatía total, como el que vive una realidad impuesta que en muchos casos cambiarían por muy poco.
Y en ese pequeño caos escrito en cirílico nos encontrábamos, hasta que vino a nuestro rescate una de esas buenas personas que te encuentras por el mundo, que ayuda al prójimo sin ningún tipo de interés preestablecido. Nos ayudo a comprar los billetes a Doneskt y ha hacer el cambio de divisas, nosotros realmente agradecidos le regalamos una bandera temática de nuestro país.
Con los billetes comprados y un puñado de Griznias en la cartera fuimos al centro. Caminando por las calles de la ciudad te das cuenta de donde realmente estás: una ciudad vieja, donde el reloj se paro hace 50 años. Desde mi punto de vista, Lviv parece una de las ultimas grandes ciudades del comunismo con amplias avenidas y zonas de ocio, como parques y espacios tematicos, donde pasar el rato. De veras bajando por las empinadas cuestas que nos llevaban al centro podía imaginar perfectamente como serían aquellas ciudades con las que el comunismo quiso abrirse al mundo.
El pavimento y la limpieza mejoraba a medida que nos acercábamos al centro; una verdadera lastima que el estado de conservación del resto de la ciudad fuera pésimo, porque de verdad que respira historia moderna por los cuatro costados.
Ya en el centro y tras varias e interesantes conversaciones entabladas una detrás de otra, decidimos que era hora de pasar a la acción. Eran las once de la mañana y nos sentamos en una terraza donde tomamos un almuerzo de esos que hacen afición (jarra de cerveza y bocadillo) por poco mas de tres euros.
Superando los 30 grados y el 85% de humedad desde las once de la mañana decidimos parar a comer en un centro comercial para recargar las pilas y preparar el cuerpo para el viaje que nos esperaba. Alargamos la sobremesa todo lo posible hasta la hora de partir a la estación.
Ya en la estación al subir al anden vimos el que iba a ser nuestro medio de locomoción las próximas 23 horas, un tren de 500 metros de largo: 20 vagones de unos 22 metros mas la cabina y el deposito de combustible.
Una maquina de la segunda guerra mundial con camastros que todos hemos visto en mas de dos películas. Tengo el pleno convencimiento que el colchón desde el que escribo ha servido de cama algún combatiente; y que la mesa en la que hemos echado la partida a sido el ultimo lugar donde unos jóvenes milicianos pasaban un rato distendido antes de partir a la guerra. En fin me voy de Lviv con la sensación de haber vivido en primera persona una pequeña parte de la historia...
Ahora mismo son las 11 de la noche y llevamos 6 horas de viaje, quedando 18 por delante voy a intentar dormir nueve del tirón. Aunque el calor sea insoportable; estos trenes fueron fabricados por y para tipos duros a los que 45 grados de temperatura ambiente les debía parecer poco menos que el paraíso.
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